En la cabecera de isidoro de antillon

En la cabecera de Isidoro de Antillón: Noticias sobre su salud en la correspondencia Familiar

La salud de Isidoro de Antillón, su tópica mala salud, es un tema recurrente en los estudios biográficos que tradicionalmente le han dedicado. Desde muy joven se habla de sus achaques, su debilidad orgánica o las frecuentes enfermedades que padece. Así, el sexto conde de Toreno lo retrata como hombre “de robusto temple, aunque de salud muy quebrantada, en quien formaban contraste las poderosas fuerzas de su entendimiento con las descaecidas y flacas de su cuerpo achacoso y endeble”. Ricardo Beltrán, que recoge también estas frases de Toreno, se extiende todavía más en este asunto: “Endeble, achacoso y de figura cadavérica, no se comprendía, a no verlo, aquella fibra, aquella entonación nerviosa, aquel temple de alma, aquella impetuosidad que respiraban todos sus discursos.

Todo en él era espíritu, todo idea, todo sentimiento […] De naturaleza débil, enfermiza, la vida de estudio, el trabajo intelectual continuo a que se dedicó desde su infancia, no fueron, en verdad, circunstancias favorables para desarrollar y robustecer sus escasas fuerzas. En enero de 1797, en carta a su padre, se lamentaba de que sus enfermedades no hubieran permitido más economía. Mostrábase esperanzando de recobrar la salud perdida, mas no porque se propusiera alterar su vida y hábitos de estudio. Antes al contrario, estaba dispuesto a probar con las obras que la salud espiritual le merecía cuidados muy superiores. Y siempre las poderosas fuerzas de su entendimiento, la energía de su carácter y los arrestos de su voluntad compensaron la flaqueza de aquel cuerpo enteco y dolorido”. No es la primera vez que nos ocupamos de la salud de Antillón a través de sus cartas. Ya lo hicimos de forma muy abreviada en un apartado de la obra que dedicamos a su epistolario. En esta ocasión vamos a centrarnos en estas mismas cartas que se conservan en la  iblioteca Nacional de París, pero ya con mayor amplitud.

A través de las mismas esperamos demostrar que, al menos durante gran parte de su vida, gozó en general de muy buena salud, con una juventud en la que no desdeñaba salir de “cazata” con sus amigos de Santa Eulalia, o ya en su vida adulta nos habla de sus paseos o de sus baños veraniegos (en la playa durante su estancia balear). Eso sí, todo ello sazonado con un notorio carácter hipocondríaco. Carácter que se fue agudizando con los años, y que no duda en denunciar su amada esposa Mª Josefa en las cartas que escribe a Santa Eulalia.

 

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