El veneno de la abeja como antirreumático: Akibasal

En nuestra infancia en Calamocha (Teruel) habíamos escuchado el caso de un excéntrico militar que, en plena borrachera tenía a gala desnudarse la espalda y aplicarla a la piquera de una colmena para recibir allí la correspondiente dosis de picaduras. Luego supimos que lo hacía para combatir la inflamación y los dolores reumáticos que padecía.

Sobre el empleo del veneno de la abeja como antirreumático y antiartrítico hay ya una publicación de Bodgod F. Beck hecha en Londres y Nueva York con el título de Terapia del veneno de abejas. Recomendaba este médico tratar directamente la zona inflamada a base de picaduras de abeja, para lo que tomaba los insectos con una pinza y les apretaba el abdomen hasta que conseguía introducir los aguijones en la carne del paciente. Prefería la inoculación del veneno de la abeja de esta forma, antes que inyectar el veneno extraído y guardado en ampollas.

En la misma línea el doctor George W. Ainley publicaba en 1942 un trabajo sobre el uso del veneno de abeja en el tratamiento de las artritis agudas o crónicas.

En España en 1945 se constituye en Pozuelo de Alarcón (Madrid) el Laboratorio Akiba, uno de cuyos productos estrella será el “Akibasal” que usaba “el ácido fórmico en estado naciente”, basado en la aplicación de “la técnica moderna de la apiterapia”. La base de la fórmula es el boroformiato fórmico (0’50 gr.), sal que obtenían a partir del ácido fórmico del veneno de la abeja, el resto de la composición era ácido ortooxibenzóico (0’40 gr.) y almidón de trigo (0’10 gr.).

Se administraba por vía oral en forma de sellos, con “la propiedad de desprender gaseosamente ácido fórmico en estado naciente en el mismo organismo”. Desde antiguo era conocida la acción antirreumática, remineralizante, diurética y antiuricosa de la ortiga y otras plantas ricas en ácido fórmico. Sin embargo tenemos nuestras dudas sobre el método que seguía el laboratorio para obtener este ácido, pues sabemos que aparece en muy baja proporción en la apitoxina del veneno de la abeja y, sin embargo, la cantidad de boroformiato fórmico empleado en cada sello era muy grande.

Se usaba para una gran variedad de afecciones: reúma, lumbago, ciática, gota, enfermedades de la nutrición, ácido úrico, cálculos renales y vesicales, gripe, etc. La dosis usual era de 1 ó 2 sellos tres veces al día, aunque la dosis podía aumentarse en función de la gravedad de la dolencia. Siempre antes de las comidas y acompañadas de un poco de agua, café u otros líquidos. Independientemente de sus posibles efectos benéficos, la base de la publicidad estaba en la ausencia de efectos secundarios para el corazón, estómago o riñones, como ocurrían con los medicamentos más habituales usados para las mismas dolencias (cólchico, salicilatos, sales líticas o atofanes).

José Mª de Jaime Lorén, José Mª de Jaime Ruiz, Eva Blasco Julve

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